Está dedicado a mi abuela, que ya no está físicamente, pero sigue muy presente en mí. También a todas aquellas personas que padecen la enfermedad. Y para los que ya no están.
A la derecha, ella en su vejez, cuando el Parkinson empezó a borrar lo que fue.
A la izquierda, su reflejo en el espejo: joven, fuerte, con esa sonrisa.
La mariposa representa esa transformación, esa memoria que vuela, pero nunca muere.